Era alargado, delgado como un palillo, con una cresta puntiaguda, que tajaba todos los días, que retocada, en la que echa gomina y gomina.
Andaba agitado sin saber qué hacer, recorriendo a pie sus momentos más puntiagudos, que no podía eliminar, que residían en su mente como algo natural, que le perseguían sin dejarlo descansar.
Iba con un puro en la boca, lo chupaba y lo tiraba al suelo con rabia.
Frustrado siempre tenía a mano una pequeña libreta y un bolígrafo.
Se sentaba en cualquier banco y se sumergía en su escritura, creyendo que aquello que escribía era algo maravilloso, guardándolo como una reliquia en su bolsillo izquierdo.
Pero él no sabía escribir.
Luego llegaba a casa con humor de perros, bebía agua y soñaba con sus penas tendido en la cama.
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