Llevo muchos años viviendo en Ribadesella. Dando largos paseos por la playa, despertándome con las campanadas de la iglesia y deseando convertir en una canción el vuelo matutino de las gaviotas. Subo a Peme en mi 4×4 destartalado. Subo con mi lienzo y mi caballete, con mis pinturas de mil colores. Aparco donde siempre y clavo el caballete en la tierra, sus patas de madera se hunden, como si fueran dos manos toscas que cavan en el barro. Coloco el lienzo y con la paleta en la mano izquierda comienzo a dar brochazos. Hoy la montaña parece estar mucho más verde, casi azul, casi cielo. El sol me ilumina el rostro, y me impide ver el paisaje, y la montaña que está ante mí. Se está protegiendo, pienso. Pero, no se tiene que proteger de mí, tal vez yo me tenga que proteger de la montaña.
Mi 4×4 arranca un día más. Aguanta, le pido, acariciando el volante somnolienta. El viento se cuela por esa rendija de la ventanilla y yo lo absorbo como quien bebe un zumo de naranja por la mañana, sabe a mar. Una vez más aparco en el mismo sitio, aún se encuentran intactas las marcas de las ruedas del día anterior, y del día anterior, y del día anterior a éste. Coloco el lienzo y con la paleta en mi mano izquierda doy pinceladas finas, esta vez con menos agua y mucha paciencia. El día hoy está nublado, por suerte el cielo ya lleva pintado unos cuantos días, cuando era cian, tan claro que he gastado el tubo de pintura blanco, que descansa vacío en mi mochila, desnutrido y chupado como las mejillas de una abuelita. La montaña no está igual que ayer, ni que antes de ayer, ni que el día anterior a éste. Ha cambiado de forma, se ha movido, ha crecido. Cada día está diferente, diferente color, diferente roca, diferente bosque. Cada día, diferente yo. Cada día, diferente brocha y pincel y diferente paleta, diferente técnica y diferente sol. Sol pálido, sol resplandeciente, sol quejica y sol tímido. Y así pasan los días, mismo todoterreno, y misma manera de aparcar, mismo caballete y mismo lienzo.
Recojo mis pinturas y mi paleta seca por el viento. Cuando de pronto una silueta se acerca a mí, es un señor mayor, que camina con dificultad, apoyado en un bastón, sus ojos están vagamente cerrados, pero sonríe, mostrando así su falta de dientes. Se dirige a mi lienzo, aún sin decir una palabra y lo examina. Luego me mira a mí.
—¿Esta es la montaña?— dice señalando al frente.
—Sí— respondo.
Aprecio cómo su sonrisa se vuelve más grande cuanto más observa el lienzo.
—Yo también la veo así— susurra, sin dejar de sonreír.
Y yo sonrío también. Su nombre es Xandru y vive cerca de aquí, en pleno monte. Me ha invitado a su casa, y me ha contado que lleva viviendo aquí un par de años. Antes era minero. Se separó de su mujer, y de sus hijos también, me contó entre lágrimas. Me sentí realmente mal por aquel hombre que no parecía del todo cuerdo. Llevaba consigo una foto manoseada y arrugada con la cara de una mujer muy sonriente y unos niños peleándose y sacándose la lengua.
Yo también echo de menos a mi familia. Ese pensamiento es el que se viene a mi mente cuando cierro los ojos y me duermo.
Al despertar la veo. A ella. A la montaña o a los hijos de Xandru. O a mi familia. Desde la ventana de Xandru se aprecia muy bien, casi como si estuviera aquí, casi como si la pudiera tocar. Tiene unos ojos simpáticos, una boca grande y burlona, se mueve, crece, se estira, se encoge, se esconde, mientras trato de acabar mi cuadro. Xandru se encuentra a mis espaldas. Sé que está llorando. Me doy la vuelta y le rodeo con los brazos, y él abre los suyos, sus manos arrugadas, como si hubieran estado sumergidas en agua durante 80 años. La montaña viene nos abraza también, con sus árboles y con sus plantas, y con sus largas raíces, que saben a tierra mojada.
Xandru cuelga mi cuadro en su salón, dice que va a regalárselo a su mujer cuando venga a visitarlo. Tose. Muchos días duermo allí y le hago compañía, y él tose. Nuestra familia en común viene a vernos todas las mañanas, las cimas, las plantas, las abejas y su zumbido y ssshhhus flores.
Xandru ha decidido pintar también. Bajamos a Ribadesella a comprar pinturas. Tenemos todos los colores posibles, porque la montaña es verde, pero también gris, y también amarilla y naranja, pero también amable y cordial, pero también enorme y monstruosa.
–Yo también la veo así– susurra, sin dejar de sonreír.
Y yo sonrío también. Hace meses que Xandru ya no me acompaña, pero me llama por mi nombre y me dice que le gustan mis cuadros.
Con este concurso gané el III Concurso de relatos Cortos “Montañas Asturianas” Ganadora de la categoría 4
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