Hace muchas lunas que no está. Y ninguna ha vuelto a tener el mismo brillo. Sin embargo, todas las noches se asoma a la ventana y trata de ver las estrellas. Una y otra noche, siempre, desde aquel día. De tanto mirar, y de tanto querer verlas, se le metió una en el ojo.
Los primeros días sólo notaba una pequeña molestia, un leve cosquilleo, un picor en el párpado, pero cada vez iba a más. No le dejaba dormir, veía la luz constantemente y no tenía otro remedio que abrir el ojo para que saliese, proyectándose en el techo y desvelándole.
No estaba muy convencido de ir al médico, tendría que llamar a su hija para que le acompañase y sabía que Telma estaría trabajando, pero decidió llamarla de todas formas, no lo soportaba. Cuando era muy niño su madre comenzó a llevarle al oftalmólogo, todo gracias a una profesora metomentodo que se había fijado en que cada vez necesitaba estar más cerca de la pizarra. Tuvo que ponerse unas gafas de culo de botella que reflejaban el sol cuando estaba muy alto y que le hacía unos ojos enormes. Sus amigos se reían de él, y todas las chicas, y los chicos mayores del colegio. Se quitaba las gafas de vez en cuando pero no veía nada, avanzaba por los pasillos cabizbajo procurando no tropezarse. También se las quitó para el baile de fin de curso mientras bailaba con Mindy, aquella chica que le gustaba tanto, pero terminó por pisarla, tropezarse y caerese de bruces. Nunca más volvió a saber de ella, se convirtió en un bulto negro, como otros tantos, borroso, que se aglomeraba a su alrededor entre risas. Cuatro ojos, culo de botella, pez globo… Su madre estaba muy preocupada, sobre todo porque su problema con la vista cada vez iba a más. Ella le decía que todo iba a salir bien, pero por las noches Rafael la escuchaba llorar, sola en su cama, no tenía nadie que la consolase. Pasaban los días y los dos lloraban en camas separadas. Pero, de alguna forma, juntos.
Llegó al hospital y se sentó en una silla a la espera de que la puerta de la consulta se abriese. Había un niño sentado enfrente mirándole atónito. La luz que salía de su ojo le iluminó la sonrisa, sus paletos torcidos.
Entró en la sala cuando la voz de Bruno le invitó a pasar. Seguía usando la colonia de siempre, era inconfundible. Se lo imaginó examinándole el ojo, y abriéndoselo de par en par para sacar la estrella. Él siempre había sido muy directo, iba al grano, no se andaba con rodeos. Lo sabía de sobra, cuando Rafael comenzó el instituto, Bruno, que iba a último curso, era el único que se acercaba a él en el recreo. Hablaban de los cómics nuevos, de coches, de las casas que tendrían de mayores y de lo buen futbolista que sería Bruno, el más famoso y el mejor -podría haberlo sido si no se hubiera lesionado de gravedad.
Poco a poco se hicieron muy amigos. En casa de Bruno, Rafael conoció a su hermana. Una chica con los ojos brillantes que nunca se separaba de su cuaderno de escritora y que contestaba a todo con una risita. Cuando Rafael la llamó por su nombre por primera vez le resultó el más poético del mundo. Con la risa floja, ella quiso aclararle que tenía una h intercalada.
—Me alegro de verte, Rafa.
—Yo también, Bruno. Verás… no sé cómo explicarlo… pero es que se me ha metido una estrella en el ojo.
Por la puerta entró Telma, que venía de aparcar el coche en el sótano del hospital. Bruno le dedicó una breve sonrisa y procedió a abrirle el ojo a su amigo para acercarle la luz. Recordó entonces el funeral, la cantidad de lágrimas que había derramado ese mismo ojo que examinaba. No vio estrellas por ningún lado, pero sí unas flores blancas, igualitas a las que él mismo había dejado sobre la tumba de su hermana. Y vió también la escena en que su amigo del instituto se apoyaba en su hija Telma para no caerse, y cómo le temblaban las manos. Daría lo que fuese para sacarle una sonrisa de nuevo, pensó.
—No te preocupes, Rafa, la estrella caerá sola. Es cómo una estrella fugaz. Aparece y desaparece, tengo a muchos pacientes como tú. La cara de preocupación de Rafael no cambió. Los dos hombres se despidieron dándose un fuerte abrazo. Telma cogió a su padre de la mano susurrándole gracias a su tío Bruno.
Cuando llegaron a casa, ella se sentó a leer en uno de los sillones. Su padre le preguntó:
—¿Puedes leerme una poesía?
Telma sabía qué quería que le leyese. Se levantó y se acercó a la estantería, cogió el libro que había escrito su madre al poco de conocerle. Había algo en sus poemas que le curaba el alma, ella lo sabía. Curaba el alma de todos, purificaba la casa. Cuando su madre se pasaba horas y horas escribiendo en el salón, olía distinto, a pasión, blanco, puro. Recordó cómo de enfrascada estaba en su escritura cuando llegaba de clase y se sentaba a su lado en silencio, sin distraerla y dejando que las palabras escapasen de la mente al papel. Delicadas y recién hechas. Su padre descansaba en el sofá como si nada, pero ella tenía la certeza de que también sentía la fuerza de los versos y que le hacían cosquillas en el pecho.
Telma leyó:
—El hueco entre tus costillas / tan profundo / que flores / anidan/ duermen / en tu piel / y pájaros florecen de tu / pelo / y se pierden para siempre / tan profundo / y las cuencas vacías de tus ojos / que soportan dos lunas llenas.
Él comenzó a llorar.
—¿Crees de verdad que la estrella desaparecerá? Está muy dentro de mí.
Se acercó a su padre y le abrazó.
—Se llama tristeza papá.
—¿Estás llorando tú también, Telma?
Rafael movió la mano a tientas hasta que dio con el rostro de su hija, comenzó a acariciarle suavemente el cabello. Lo recordaba brillante. Brillante como la luna. Y las estrellas.
Con este relato fui finalista del XXIV Concurso literario de Redacción “Fundación Marino Gutiérrez Suárez”
8