El accidente

Nunca había sentido nada igual. Me dolía más que mis piernas rotas, me asustaba más que aquella maldita habitación. Me asustaba más que las manecillas del reloj que cada vez iban más despacio. Aquel sentimiento era insoportable, ácido, me quemaba la garganta. Tenía que esperar pero yo no quería. No me quería quedar postrado en la cama si hacer nada, enfundado en esta rídicula bata blanca. Ni quería seguir escuchando los latidos de mi corazón, que eran como latigazos; ni tampoco los pitídos de la máquina, tan monótonos que se acompasaban a la perfección con los latidos. Tic-Tac.

 

Volver a caminar.Todo dependería de aquel papel. El doctor vendría a la habitación con una mueca de pena. Todo de un estúpido papel. Me parecía completamente absurdo. Yo me quería levantar y salir corriendo de allí y no estaba asustado, es solo que no quería quedarme para siempre en esta habitación. Con el dolor en mis venas. Mirando el techo ocre. La pared desnuda. Y las cortinas cerradas que no dejan pasar la luz del sol. Tic-Tac.

 

Mis ojos se desviaban hacia el reloj de la pared. Era el karma. Tenía que haber sido el karma. Se podía oír su risa ahogada. Y su voz susurrando: te cazé. Había algo en aquella voz que me resultaba familiar. Era como la voz de mi hija Elena. Dulce y suave. Pero que a veces se tornaba en un llanto y una voz oscura. En una mirada penetrante y llena de ira. Te odio papá. Te odio. Sus ojos se habían llenado de lágrimas. Te odio. Mira lo que me has hecho. Pero yo no era capaz de verlo. Sin embargo en aquel recuerdo fugaz podía distinguir su habitación. Los cristales en el suelo. Las velas. La sangre que corría por su frente. Tic-Tac.

 

Aunque si me paraba bien a pensarlo la voz se asemejaba más a la de mi mujer. Seca y fría. Aunque no siempre había sido así. No recordaba bien por qué. Y al intentar recordarlo me dio un pinchazo en la cabeza. Las manecillas no avanzaban. Ellas no habían venido. Estaba solo. Y el médico no regresaba.

 

De pronto me acordé. Me acordé de un coche estampado contra la fachada. El humo. Me ahogaba. Traté de respirar. Me crucé con su mirada. ¿Qué has hecho? Nada, trataba de decirme, no he hecho nada. Pero entonces me caí en la piscina. El agua se metió en mis pulmones. Vi el reflejo de Elena en el agua. Sonreía. Claro que sonreía. Me odiaba. Cerré los ojos.

 

Cuando los volví a abrir el doctor estaba frente a mí. Elena y mi mujer estaban apoyadas contra la pared. Sin ninguna expresión en la cara. Como si no hubieran venido por voluntad propia.

 

—Has despertado del coma.

 

Las palabras se desordenaron en mi cabeza. Despertado. Coma. Del. Has. Coma. Del. Has. Despertado. Has despertado.

 

No volverás a caminar. Nunca más. Me digo.

 

Tic-Tac.

 

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