La barca

El mar. Siempre lo he observado. De hecho, creo que él también me observa a mí. Sobre todo cuando cae la noche. Tiene un hambre voráz, levanta olas gigantes y engulle todo lo que se encuentra, barcos, lanchas…

Siempre me he sentido completamente inútil y pequeña frente al mar. Así que cada noche me asomo a la ventana. Si el mar está agitado, si tiene mucha hambre, ruge. Ruge y golpea los muros de mi casa. Pero yo permanezco serena, y me llevo el té a los labios. Es pátetico ver como se desgañita y usa todas sus fuerzas. Nunca conseguirá romper estos muros.

A veces pienso que soy yo el motivo de su ira, de su agitación, de su hambre voraz. Creo que me odia. Me odia desde que un día siendo muy pequeña lloré porque mi padre me quería meter a la fuerza. Aún recuerdo los grandes brazos de él agarrándome y arrastrándome. Había un viento de mil demonios y no quería por nada del mundo bañarme, pensar en el agua mojándome el cabello, acariciándome los pies desnudos, me ponía tensa, me daba escalofríos.

Yo también odio al mar. Le odio por muchas razones. La primera es que es un maldito impulsivo. En ocasiones las olas miden tres metros y rompen en mis ventanas como diciéndome: ven aquí. Y no me dejan pegar ojo.

Ni siquiera sé por qué sigo aquí, de verdad que no lo sé. Este sitio me enferma. Me debilita. Y es por el simple hecho de que desde la ventana del salón se ve nuestra antigua barca. Está ahí, descomponiéndose medio sepultada por la arena. A veces incluso me da pena y deseo poder resguardarla del frío, de la soledad…

A la edad de seis años mi padre y yo compramos la barca. Me entusiasmaba muchísimo la idea de navegar cerca de la costa, y desde allí saludar a mi madre y sonreír. Se veía el horizonte más cerca que nunca y me parecía tan bonito que me quitaba la respiración. Los colores dorados fundiéndose bajo él, mezclándose con el agua cristalina, abrazándose. Las gaviotas riendo y volando en lo alto. De vez en cuando me gustaba sacar la mano y acariciar el agua. Rozarla vagamente, tocar su cuerpo frío y húmedo.

Quería salir todas las noches en la barca. Obligaba a mi padre a salir a la intemperie con aquellas botas amarillas que tanto ruido hacían. Me arrepiento. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo incluso en mi lecho de muerte. Pero había algo en el agua que me atraía y sentía esa necesidad de subirme a la barca y explorar el mar, aunque en cuanto tocaba mi cuerpo frágil me conmovía y me ruborizaba. Sentía una conexión estúpida e incomprensible.

Era un día de tormenta. Aquel día mi padre no se puso las botas. Se arrodilló enfrente de mí acariciándome la mejilla: cariño, hoy no podemos ir. Pero yo quería ir, quería ir. Así que me puse a llorar y a decirle que era malo. El peor padre del mundo. Él seguía con una sonrisa en la cara. Cogió el chubasquero y me lo abrochó hasta la barbilla, hasta que me costó respirar.

Las nubes se avalanzaban contra nostros, como bestias feroces. Eran negras y amenazantes. El mar estaba muy agitado y las olas iban y venían por todas partes. No sé en que estaba pensando cuando me subí a la barca de madera y me aferré a ella. Mi padre me miró con lástima pero se subió detrás de mí. Recuerdo como la barca se meneaba con las olas. Hasta que una nos hizo volcar y él gritó furioso: ¡Dónde estás! Todo lo recordaba muy confuso ya, los gritos se entrelazan con el estruendo de las olas y los rayos. Sí recuerdo haber visto a mi madre en la orilla. Tragaba agua por todas partes, no sabía nadar, no había querido aprender. Era la primera vez que me encontraba a su merced. Y no sabía qué hacer, solo gritar. Desde ese día a veces me pita el oído, y vuelvo a escuchar los truenos.

Mi padre me ayudó a salir, pero no aguantó hasta la orilla. Otra ola lo engulló, lo atrajo como a un imán y se lo comió. Lo atrapó entre sus asquerosos brazos. Mientras tanto mi madre me sujetaba, yo me solté. Las lágrimas caían por mis mejillas. ¡Embustera! ¡Traicionera! ¡Asquerosa! Le grité. Sus olas rompieron contra mis pies como un latigazo.

Días más tarde la barca volvió hasta la orilla. Pero no mi padre. Él no regresó.

Odio el mar. Lo odio. Muerdo la taza de té. Otra noche más estoy asomada a la ventana. Me lo ha quitado todo. Lo único que me queda es la barca destrozada y un vago recuerdo de las olas, la frialdad con la que ahogó a mi padre, los truenos, las nubes, las gaviotas, los atardeceres, mi madre saludándome desde la orilla, las lágrimas, el agua en mis pulmones, la furia. Y la esperanza de que él vuelva.

 

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