El molino

Todo lo que veo es dorado. Los campos de trigo son dorados, mis cabellos son dorados, el sol es dorado.

Estoy descalza y piso la tierra húmeda, aquellas nubes que se alejan ya han hecho su trabajo aquí. Al fondo hay un molino de piedra. Recubierto de una cal blanca. Al deslizar el dedo sobre él el polvo baila por el aire. Sus aspas desgastadas aún giran por acción del viento. Ya tronó, llovió y nevó sobre ellas y me pregunto cuando se caerán como a un ángel se le caen las alas. Me imagino a mi abuelo subido en la escalera de madera tratando de arreglar el molino, trabajaría duro y se le quedarían las manos negras, pero sonreiría y se las limpiaría a la ropa. Desde mi punto de vista aquel molino era innecesario. Pero para mi abuelo ver las aspas girar y girar en un bucle eterno le proporcionaba paz y tranquilidad. Le daba ese toque de sentido que su vida necesitaba.

La casa no queda muy lejos. El tejado se hunde sobre ella, como si fueran las penas que intentan esconderse y meterse un poco más a dentro. Esas que te curvan los hombros y hacen que te cueste caminar. Las ventanas siempre están abiertas de par en par. Igual que la puerta. Y mi abuelo se sienta en un banco de madera que hay apoyado contra la fachada. Y solo respira. Como si esa fuera su única tarea, existir. Y contemplar el molino. Aquí no hay nada más. Solo los campos de trigos, algún ratón que corre sin rumbo, el molino y la casa. Y el sol. Aunque eso lo compartamos todos, aquí brilla de una manera distinta.

Hubo una época en la que mi abuela vivía con nosotros. Era admirable el amor que compartían. Nunca intercambiaban besos, como yo veía hacer a mis padres, ni frases como: cuánto te quiero. Solo se miraban a los ojos. A mi abuela le gustaba cocinar, no lo sentía como una obligación, lo disfrutaba de verdad, era su pasión, sobre todo hacer pan. Recuerdo su pan, fresco como una brisa marina, tierno y caliente, recién salido del horno. Iba al molino todas las mañanas a por la harina. El día que murió, el pan aún se estaba haciendo en el horno. La masa crecía acompasada con los llantos. Creo que mi abuelo envolvió en una servilleta el último trocito y ahora se lo guarda en el bolsillo interior de su chaleco. Cuando no le miro, lo saca y lo acaricia. A veces lo huele. No me cuenta lo que siente porque nunca fue bueno con las palabras y menos para decir: la echo de menos.

Desde que falta mi abuela la casa se siente vacía. Y ya no comemos con pan ni hablamos de ella. El otro día encontramos en un baúl fotos antiguas. Cada vez que ella aparecía, la cara de mi abuelo se oscurecía. Me llamó la atención sobre todo una foto de su boda. De fondo estaba el molino con las aspas rejuvenecidas. Mi abuela era joven y le encontré un parecido conmigo, en la forma de la cara, y en el pelo que le caía sobre un hombro en una gran trenza desenfadada. Mi abuelo le cogía las manos, como si estuviera sujetando lo más preciado del mundo, con una delicadeza y una alegría enorme. Yo aquello sólo lo había visto una vez en mi vida. Cuando ella yacía en la cama y mi abuelo se acercó a verla. Era tarde. Se arrodilló en el suelo, no con poco esfuerzo, y le sujetó las manos igual que en la foto. No eran dos ancianos lo que ví entonces, sino dos jóvenes enamorados sonriendo de una manera triste.

Hace ya tiempo que mi abuelo me mira triste, con esa misma sonrisa. Le recuerdo a ella. Mis cabellos dorados y mi piel blanca son como los de ella. Eso le entristece mucho más, pero en el fondo le reconforta porque en realidad es como si no se hubiera ido.

—Blanca—carraspeó la voz de mi abuelo.

Al escuchar el nombre de mi abuela mis ojos se llenaron de lágrimas. Sus ojos se clavaron en mí. Mi estómago dio un vuelco porque me di cuenta de que realmente él creía que yo era ella. Le abracé. Él también lloraba. De mi boca solo salieron palabras entrecortadas. Polvo. Aquello era polvo, como el que salía si frotabas las paredes del viejo molino.

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