Sanguijuelas

Mamá siempre dice que hay que seguir la corriente. Eso es lo que yo hago cuando mi hermanastra, Silvia, me pide que la acompañe al bosque. Todavía no ha cumplido los quince y todo el mundo come de su mano. Mi madre es igual que ella, una figura de vitrina, de las que subastan y acaban en las manos de los coleccionistas. La mujer perfecta, dulce, delicada, que sigue la corriente a todo el mundo. La gente piensa que tiene ideas innovadoras, una mente privilegiada, cuando en realidad solo dice lo que los demás quieren escuchar. Se ha casado dos veces, para su desgracia. A su primer marido nunca lo llegué a conocer, pero en las fotos da la impresión de ser un hombre muy serio, y siempre aparece apretando los puños venosos. Y eso que las fotos no están a la vista, pues mamá las esconde en la mesita de noche. Silvia me contó que su padre fumaba todo el rato y que llegaba borracho a casa, pero que mamá le quería, que le quería tanto que dejó que la destruyera. Eso dice Silvia, aunque nunca me ha contado como acabó todo entre ellos, quizás ni se acuerde. Después de unos años conoció a mi padre. Nunca estuve orgullosa de la persona que fue. Yo apenas tenía seis años cuando le dio un ataque al corazón, pero sé que no trataba bien a mamá. Ella lloraba por las noches y se vestía de manga larga aunque fuera verano.

 

A mamá no le gusta que vayamos al bosque, si por ella fuera nos pasaríamos la vida entera estudiando. Pero Silvia me pide que vayamos. Y no le puedo decir que no porque me lo pide en un tono violento y desesperado, mientras se guarda el paquete de tabaco en el bolsillo de su chaqueta de cuero. Así que vamos al bosque. A veces queda con sus amigas y fuman sentadas en un tronco podre que lleva caído mil años. Se ríen de cosas sin sentido, mientras que intercambian pintalabios color carmín, como las hojas en otoño. Las otras chicas suelen peinar a Silvia, entrelazando sus cabellos carbón mientras hablan de los chicos de clase. Hacen un corro alrededor de ella, y la escuchan con fascinación. Silvia habla como mi madre y responde a los halagos con risas que se quedan a la mitad. De vez en cuando se vuelve hacia a mí, como si supiese que yo sí reconozco su tristeza.

 

A mí me gusta observar los árboles, todos crecen sin importarles los demás, extienden sus raíces y se fortalecen todo lo que pueden, pero al fin y al cabo se benefician los unos de los otros. Aún recuerdo cuando vine aquí por primera vez, era verano, hacía mucho calor, decidí bañarme en una charca y al salir estaba llena de sanguijuelas. Las tenía por los brazos, por las piernas, por mi espalda blanca y frágil. Silvia me ayudó a quitármelas. Pero lo hizo a lo bruto, con las uñas, provocándome heridas por las que comencé a sangrar sin parar. Entonces ella entró en pánico y trataba de deshacerse más rápido de las sanguijuelas, lanzándolas a la charca antes de que le mordieran las manos.

 

Siempre he pensado que se llevaron una parte de mí. Que la enterraron muy al fondo en este bosque. Porque cuando cierro los ojos, siento latir mi corazón muy fuerte. Lo escucho en todas partes. En los árboles, en el viento, en la tierra, en mis dedos… y luego oigo la voz de mi hermana que me dice que nos vamos.

 

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