La pesadilla

A las diez de la noche el inspector Will se presentó en la casa. Había recibido una llamada de Spencer, el cual decía ser doctor. Aunque a él no le constaba que aquel hombre trabajara en el hospital. De hecho nunca lo había visto por la calle, y eso que él daba regulares vueltas por el pueblo, era parte de su trabajo. Ni siquiera era capaz de reconocer su voz, era ronca y cortante. “Como de un total asesino”, rió Will, al menos su noche iba a ser más interesante. Llamó a la puerta y un hombre le abrió. No era para nada lo que él se esperaba. Era flaco. Como si no hubiera comido en días. Sus ojos estaban enmarcados por unas oscuras y profundas ojeras. Pero sonrió, como sonrie la gente ante una cámara.

—Buenas noches—dijo.

Con tal frialdad que Will se estremeció. Aquel hombre era cualquier cosa menos doctor.

—Buenas noches.

Entró decidido. El papel pintado de las paredes estaba por el suelo. Las paredes tenían arañazos.

—¿Qué a ocurrido aquí?

—Goteras. Había por todas partes. Han acabado con todo—Le miró directamente a los ojos—. Incluso con mi paciencia.

Aquel hombre no estaba cuerdo, pensó.

—Le he preparado un vino.

—No, gracias.

Esa respuesta no le gustó nada.

—Bien.

—Spencer.

—Doctor Spencer— Le corrigió.

—Doctor Spencer que es aquello que con tanta urgencia tenía que mostrarme.

Él hizo una mueca.

—La verdad es que todavía tengo la esperanza de que sea una pesadilla.

—Yo soy muy real.

—Eso me temo.

Le abrió lentamente la puerta corredera. Will no estaba preparado para ver lo que iba a ver. Pero no se cubrió los ojos. Se quedó mirando mientras que una arcada le sacudía el cuerpo.

—¿Quién es? ¿Su esposa?

—Apareció ayer. No puede ser mi mujer. Dime que no es mi mujer—suplicó.

Sacó del bolsillo de su bata, con las manos temblorosas, una foto arrugada.

—Esta es ella.

Will comparó aquella imagen con lo que fuera que yacía en la alfombra. Si era aquella mujer, no se parecían ni un pelo. Aquello que había en el salón tenía bultos por todas partes, unos bultos grasientos llenos de pus. A penas se distinguía el rostro que estaba cubierto por estas ronchas verdosas.

—¿Por qué cree que es su mujer?

—Porque ha desaparecido.

—¿Cuánto tiempo lleva desaparecida?

—No lo sé. El tiempo es relativo ¿no? Pues le voy a decir que nunca se me había pasado el tiempo tan lento. No sé si han pasado semanas, meses…

 

Spencer se había sentado en una butaca y el inspector le imitó. Le pareció que no estaba haciendo lo correcto al sentarse tan cómodo, miestras que aquella mujer se pudría en el suelo. Aunque estaba muerta. Completamente muerta, de eso no cabía duda.

—¿Y eso, eso cuanto lleva en la alfombra?

—Tuve una pesadilla, fue terrible, te lo aseguro. Mi mujer se había ido al jugar al póker. Le encanta jugar al póker, leer novelas, y comprarse vestidos caros. Aquel día no volvió, ni al siguiente, ni al siguiente… Me volví loco. Perdí la cabeza y comencé a destrozarlo todo. Perdí el apetito y pensé cosas, ¡Oh, que cosas pensé! De todo, amigo. Mi vida estaba arruinada. No iba a volver a verla. Y sin ella mi vida no tenía sentido—sus ojos se humedecieron— Pasaba los días enfrascado en terminar mi novela quería terminarla. Para que ella volviera.

<< No sé cuantos días pasé en mi despacho. Escribiendo hojas y hojas, tirando la mitad de ellas. Estuve tan absorto en la historia que por un momento me olvidé de que yo tenía vida. Mi vida se reducía a aquella hoja, a aquel momento eterno, a aquella historia. Sé que te estarás preguntando de que iba mi novela. Te llevarás una sorpresa ¡No estoy escribiendo ninguna! Solo era en mi pesadilla. Pero todavía puedo sentir la pluma entre mis dedos, escribiendo por si sola. La historia me daba miedo, realmente me lo daba. La historia trataba de un señor que se volvía loco. Perdía la cabeza. Su mujer se había ido. A ella le gustaba jugar al póker, leer novelas y los vestidos caros. Tan caros que arruinó al protagonista. Pero a él no le importaba eso. Solo quería vivir con ella. Y cuando se fue sintió un odio profundo. Tan profundo que hasta quiso matarla. Pensó en asesinarla. Pero la quería. No podía hacerle algo así. Perdió aún más la cabeza ¿sería su culpa? Él siempre la había tratado como era debido. Le limpiaba los tacones, le hacía masajes y le preparaba exquisitos baños. No entendía por qué se había ido. Comenzó a despegar el papel pintado de las paredes, aquel que habían comprado juntos. Quería deshacerse de todo lo que tuviera que ver con ella. Tiró sus ridículos zapatos y quemó sus vestidos. Quitó los cuadros y los destrozó a puñetazos. Dejó de comer. Dejó de dormir. Andaba a cuatro patas por la casa y cada vez que la ira invadía su cuerpo arañaba la pared, una y otra vez, la golpeaba, le clavaba las uñas, se imaginaba que era ella. Un día, corrió la puerta corredera y se encontró con un cuerpo sobre la alfombra. Estaba lleno de bultos. De arañazos. ¿Qué había pasado? Se arrodilló junto al cuerpo y lo acarició. Era ella. ¡Era ella! La miró a los ojos. Blancos. En otro planeta. Le cogió de la mano. Tenía el anillo de compromiso. Aquel que le había comprado, tenía un gran rubí rojo en el centro. Sin duda era ella. Corrió al teléfono y llamó a un inspector. Estaba loco. No sabía lo que hacía.

Will volvió la cabeza hacia el cadáver. Vio un destello rojo.

—Voy a llamar para refuerzos. No se mueva.

—No, no lo hará.

—Soy policía.

—Eres un policía imaginario. En mi pesadilla.

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